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¡Conteste bien!

Sobre la desnudez
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No sé si quiero desnudarme tanto”, respondió una de las locutoras del programa. El tema de la columna radial era ‘lo que nos hace lo que somos’. Los presentes fuimos expresando, más o menos, lo que realmente pensábamos. Generalmente menos que más. Unas horas más tarde, mi novia, que había escuchado el programa, me dice:

-Te desnudaste demasiado, ¿no crees?

-¿Desnudarme? –respondí.

-Te expusiste.  

-Hombre, era una entrevista.

-Pero hoy noté cosas de ti que nunca antes había visto.

-¿No debí hacerlo?

-Digo que nunca te habías mostrado tanto.

Todo desnudamiento provoca seísmos de este tipo. Y lo que siguió fue una conversación larga, de sentarse contra el respaldo de la cama y encender los veladores. A mí me pareció de lo más natural explayarme frente al micrófono. A ella no le satisfizo mi respuesta.  

Porque uno se puede desnudar psíquicamente: me siento inferior a ti cada vez que hablamos; emocionalmente: no te quiero ni te he querido, pero no es culpa tuya; éticamente: el tema de los refugiados me tiene harto; tácticamente: si me invitan a la boda te advierto que me enfermaré; ecológicamente: tiro las pilas a la basura como todo el mundo; literariamente: Faulkner me resulta igual de somnífero que Thomas Mann; y hasta poéticamente: mi voz es una mezcla de Whitman y Panero.

Sucede que hay muchas maneras de desnudarse, no sólo aquella que da lugar a la sorpresa o a la broma. ¿Pero cuál es el desnudo fácil? Espinoso saberlo con certeza, sin embargo daría la impresión de que es el físico. Por lo que vemos a diario, andar en bolas por platós y estudios de cine parecería más sencillo que admitir un amor no correspondido. (Admitir un amor es más embarazoso que manifestar el desprecio, y despreciar resulta mucho más natural y ergonómico que comunicar con inocencia un afecto profundo.) 

En nuestro entorno, uno de los cumplidos más apreciados es el que se refiere a la autenticidad. Decir lo que uno piensa, en cambio, no produce efectos tan positivos. Por lo que habría que aceptar como verdadero el argumento del párrafo anterior: el desnudo más fácil es el físico y el más difícil, el de mostrarse. ¿Por qué? Eso ya deberá preguntárselo cada uno.  

La réplica, casi de seguro, será la misma: una suerte de pudor existencial. Y es que muchos (al menos los que no han acabado medicados por psiquiatras) sólo se desvisten a medias. Desvelan esa parte de la personalidad que es aceptable y real, pero no del todo auténtico. Algo así como las entrevistas promocionales que se emiten días antes del estreno de un filme de presupuesto multimillonario:

-¿Cómo ha sido trabajar con ese director tan controvertido? –pregunta el entrevistador.

-La verdad es que fue fascinante –replica la estrella—. Es un profesional. Muy flexible. Y además acepta las propuestas de los actores.

-¿Eso no entorpeció el rodaje de la película?

-Todo lo contrario, las contribuciones hacen que el proceso creativo se vuelva compartido. Me encantaría volver a trabajar con él.

Y así se oye la misma entrevista casi calcada, antes de cada estreno. El público sabe que eso no puede ser cierto, pero lo acepta. Como se aceptan las mismas frases hechas de familiares y conocidos. Pues para sobrevivir hay que ser como el cocinero de fuga, ese pescado japonés hinchable y mortal. Se dice que solo puede prepararlo un profesional  experimentado, capaz de extraer la parte venenosa. Si no, el veneno contamina la carne y el comensal muere. Si no se extrajera de la carne con el mismo cuidado la verdad, morirían el amor, la amistad, el empleo.  

Por otro lado, hay quienes fingen desnudarse emocionalmente en público por el solo placer de fomentar la conversación. La que sigue es una historia cierta. Un arquitecto francés, al que siempre invitaban a las reuniones, solía practicar durante las cenas la disrupción social disfrazada de revelación.

-…y por eso pienso que el amor es lo más importante en esta vida –decía un comensal.

-Pues yo no creo en el amor –revelaba el francés.  

-Yo tampoco, hasta que conocí el amor verdadero.

-El amor verdadero es el que menos existe.

-Yo estoy de acuerdo con Jean Pascal –terciaba otro invitado.

-Ahora que lo pienso bien –reflexionaba el francés-, si creyera en algo sería en el amor casi verdadero.

Y así el debate se prolongaba durante horas. El francés nunca estaba de acuerdo con nada y tampoco podía saberse cuál de todas sus afirmaciones contradictorias era la verdadera. Con el tiempo se adivinaba que ninguna lo era, que su placer radicaba en el arte de argumentar. Basta decir que, para que una velada fuera exitosa, la presencia del francés resultaba de rigor.

Tal vez el periodismo incurra en falsos desnudamientos de apariencia natural. En ejercicios informativos que aumentan el efecto de la transparencia total. Lo que a simple vista se considera un hallazgo, un recoveco de verdad en el discurso trillado es, en realidad, un recoveco aún inexplorado en el mismo discurso trillado de siempre. Es más, expresiones como en realidad, en verdad o sinceramente, son pruebas fehacientes de ello.

Y si en el transcurso de una de esas entrevistas surgiera una frase brillante -el destacado valioso, el titular explosivo- es porque esas palabras han conseguido resonar en la cámara de eco de la  propia censura. Convengamos en que esas frases no abundan. Mayoritariamente lo que se oye son maratones corridas en torno a la verdad. O dicho de otro modo, rondas de indios bailando alrededor de una gran fogata. Únicamente en torno, porque el fuego quema. Tanto es así que cuando la carga de verdad supera los niveles tolerados por el canon periodístico, se está en presencia de un documental.

Y si alguna vez aparece la pregunta de por qué son tan fascinantes las historias de crímenes, en el formato que sea, es porque en esos casos horrendos y hasta abyectos, a veces llega a entreverse a un ser humano totalmente desvestido: uno de esos personajes auténticos, no del todo queribles tal vez, pero sinceros en su locura. Afortunadamente la sinceridad también afecta a ciertos artistas, y por eso es que la biografía de Duchamp seguirá publicándose durante décadas mientras que la de Damien Hirst quedará relegada a las revistas impresas en papel brillante.

En la ficción literaria las desnudeces también llegan a gotear y filtrarse entre las imágenes y la ingeniería de la narración. Las advierten los críticos o las descifran los biógrafos, y se aceptan  como verdades insoslayables, provenientes del manantial subterráneo de la sinceridad interior. En la ficción social ocurre lo opuesto: esos líquidos se retienen y nada chorrea; es una versión mutante de la ficción literaria. En la ficción social la sinceridad filtrada y editada brinda una mejor imagen al exterior, un orden en el que creer, o soñar, a pie juntillas. Una visión pasteurizada de la realidad con la que coincidir y acordar. En el arte, el desorden hace creíble la verdad. En la realidad, la verdad es señal inequívoca de desorden.

Por eso cuando a alguien como Donald Trump o Geert Wilders se le ocurre plasmar todo lo que tiene en la cabeza, el público entra en shock. Lo mismo le ocurre al autor de Mi Lucha, Karl Ove Knausgaard. El noruego afirma que su obra es ciento por ciento autobiográfica, pero lo que ha hecho ha sido crear una tierra de nadie entre el mapa y el territorio, donde el nudista literario da rienda suelta a todos los sucesos de su vida interior y exterior, aunque estos sean espantosamente aburridos. Ni siquiera los poetas, joyas de la corona de la escritura, son del todo sinceros: la estética se los prohíbe.

En fin, probablemente nadie se desnude. Cada quien decide a cada instante los grados y las razones. Las celebridades (especie sinantrópica como la cucaracha, que vive entre y gracias a nosotros pero no ha sido domesticada) son fotografiadas desnudas pero al tiempo cambian de parecer y afirman que esas imágenes no las representan, sosteniendo que en realidad son seres tímidos y solitarios, que pasan todo el día criando ganado y horneando pan, que lo que en verdad ansían es desaparecer.

Otras veces las estrellas se estrellan. Pero si son inteligentes y capaces –y haber llegado a lo más alto de su oficio demuestra que al menos lo son en potencia— estas volverán de un brinco a la fama para desnudarse. Pero esta vez de forma abstracta. El ejemplo de las celebridades es, desde luego, obvio. Aun así es innegable que las fronteras entre las cucarachas y los humanos  son muy delgadas ya.

Cuando se hicieron los primeros interrogatorios con LSD, en los años 50, el objetivo era la verdad total, lograr que el indio dejara de bailar en círculos y se lanzara de cabeza al fuego. El fin era conseguir información clasificada, datos duros:

-¿Qué está haciendo su gobierno?

-¿Qué nivel de desarrollo ha alcanzado su programa secreto?

-¿Va a ser utilizado contra nosotros?

-¿Contra quién más?

-¿Quiénes son sus agentes en nuestro país?

-¿Trabaja usted para alguien más?

Hoy esos mismos interrogadores deberían obtener otro tipo confesiones, datos aún más duros: ¿Su obra conceptual es una excusa para establecerse en el sustancioso negocio del arte? ¿Cómo se ha justificado a usted mismo los rascacielos que erigió en el desierto de Dubái? ¿Cuántos de los medios de comunicación de su propiedad están al servicio de los gobiernos? ¿A quién se le ocurrió la idea de las armas de destrucción masiva? ¿Sabe el nombre y el apellido? ¿Hay extraterrestres entre nosotros? ¿Qué crímenes ha cometido? ¿Cuándo afirma que de volver a nacer haría exactamente lo mismo, dice la verdad? ¿Cuál es la emoción en la que más cree? ¿Se siente capaz de amar a otro?

-Conteste bien o acabará muriendo en un accidente.  

Esas son hoy las verdades necesarias y profundas. O quizá no, porque es evidente que a nadie le interesa saberlo con certeza. Poseer tal conocimiento impediría reunirse a beber y comentar la última novela de Houellebecq, darse trabajo los unos a los otros, formar las tribus indispensables para la supervivencia, informar sin causar pánico y contar fábulas edificantes.  Acordamos ignorar aquello que intuimos, ocultar lo que acordamos no saber.  

Para ser lo que somos, lo constructivo nunca será desnudarnos, sino hacer lo que se hacía antaño: expresar una reacción parcial ante un desnudo parcial. Encender el falso pudor y  sonrojarse si alguien mostraba el tobillo. Tal vez sea mejor así.  

 

En portada, ilustración de Pat Wasi.

Collage de Kimama; Conjuring summer in winter-time, de plaisanter~.