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Este bar se va imprimiendo…

Una visita al Ex-designer Bar, un establecimiento en el que todos sus elementos (vasos, platos, barra, azulejos, estanterías, taburetes) se están imprimiendo allí mismo, con impresoras 3D y mucha paciencia
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Nunca me han gustado mucho los bares españoles. Esta es una afirmación que a veces me cuesta declarar públicamente. Depende de quien esté delante para escucharla, mi rechazo puede ser visto como una actitud esnob. Sobre todo si además añado que me gustan más los bares de Berlín o de cualquier otra ciudad donde no estén presididos por una televisión que nadie mira pero que todos escuchan. Antes eran los afrancesados, imitando costumbres de París, aquellos que desdeñaban “lo propio”. Ahora podríamos ser los berlinizados, echando de menos la cerveza alemana, el Apfelschorle, el techno de calidad y parques en los que sí hay césped para retozar con la resaca y un perro. Que no me gusten los bares españoles en general también puede verse como un acto de deslealtad nacional contra uno de los lugares más emblemáticos de “nuestra cultura”. Sin embargo, mi resistencia tiene una razón de ser muy sencilla: no me gusta el alcohol o, más bien, al alcohol no parezco gustarle yo. Y eso que lo he intentado. A ello se une que apenas bebo refrescos con gas. Me gustan el agua, la horchata y los zumos de frutas que nunca he visto y que se venden en esas tiendas de Barcelona regentadas por inmigrantes a los que solemos emplazar —con menor que mayor acierto— en el mismo lugar de origen: Pakistán. Si cuento todo esto no es para compartir mi dieta de líquidos o parecer una fundamentalista de las bebidas sin gas y sin alcohol, sino porque teniendo en cuenta estos factores es raro que me pique la curiosidad —esa que va dejando gatos muertos por las esquinas, como dice Marla Jacarilla en alguno de sus textos— para ir a conocer un bar nuevo en Barcelona.

No hace tanto que aparecieron las impresoras 3D en nuestro vocabulario y en las conversaciones de bar. A pesar de no estar relacionada con este campo de producción de objetos potenciales, intuyo que se ha dado cierto debilitamiento en la euforia inicial que transporta cada tecnología nueva que aparece en un mundo en el que todo envejece muy rápido. Incluidas las formas del tecnología DIY como las impresoras 3D. Mi percepción pudiera ser errónea y tratarse, sencillamente, de que las cosas siguen existiendo y desarrollándose paulatinamente aunque ya no hablemos tanto de ellas en sociedad. Como esos “known unknowns” con los que Rumsfeld contribuyó a la filosofía bélica contemporánea. El shock de lo nuevo es también la novedad del shock. Sin embargo, como decía Pau Waelder en una charla citando a alguien que no recuerdo, la tecnología se vuelve interesante cuando se convierte en obsoleta. O, dicho de otra manera, cuanto mayor es el acceso a una tecnología mayores son sus modalidades de uso y desviaciones de la norma. A veces he pensado en la razón de ser de las impresoras 3D en un mundo que ya produce masivamente todo tipo de objetos. Este escepticismo desaparece cuando se me estropea alguna pieza “irreemplazable” de algún electrodoméstico nacido bajo los designios de la obsolescencia programada.

Uniendo mi escepticismo general hacia las impresoras 3D y mi falta de pasión por los bares aparece entonces en Barcelona el Ex-designer Bar. Y lo hace en una calle cuyo principio está lejos de la parada de metro que lleva su nombre: Entença número 3. El Ex-designer Bar es un lugar en el que 3 impresoras 3D asistidas por un arquitecto, que también desempeña las funciones de camarero, construyen un bar en proceso abierto al público. De lunes a viernes, de seis de la tarde a once de la noche. Si cerrase a las 3 de la madrugada empezaría a pensar que hay un mensaje oculto en ese 3 que tanto se repite. Que un bar cierre los fines de semana es casi igual de extraño que el hecho de que se inserte en la pulsión procesual del presente a través de formas de tecnología voluntariamente precaria. Uniéndome a esa propensión apocalíptica que tanto ha utilizado la ciencia-ficción, se me ocurre que, si el mundo sufriese el enésimo colapso especulativo, las impresoras 3D podrían ser nuestras aliadas a la hora de restaurar la nostalgia por el pasado de la civilización. Una manera de volver a los tiempos felices, aquellos en los que había bares, rebajas y fútbol. El problema aquí sería encontrar provisiones con las que alimentar la añoranza gastronómica de los supervivientes al desastre general. Algo que no sucede en el Ex-Bar, donde es posible pedir las piparras y patatas gruesas que normalmente se encuentran en el Morro Fi, un bar conocido de l’Eixample por la calidad de sus vermuts y su parentesco con el diseño gráfico.

Elegí un martes por la noche para conocer el Ex-designer Bar. Pensando que estaría vacío le pedí a un amigo que me acompañase en mi “investigación”. Al no saber si habría una barra —esa zona de los bares idónea para individualistas o solitarios en busca de conversaciones aleatorias— no quería arriesgarme a quedarme a solas con mi vergüenza social y mi agua con hielo y limón en la mano. Para nuestra sorpresa, no sólo había varias personas sino que durante todo el tiempo que estuvimos en él fue entrando más gente, frustrando mi plan inicial de una conversación larga y prolongada con el camarero-arquitecto. Igualmente, hablamos con él por partes, como quien pide tapas a la hora de comer y no un menú entero. Fue así, entre piparras, olivas y patatas con aliño, cerveza y agua, que nos contó que la media de impresión para cada vaso que va teniendo el bar es de seis horas. Y que, como en cualquier bar, los vasos se rompen con facilidad. O que llevan abiertos desde noviembre de 2015 y que se trata de un proyecto del diseñador Martí Guixé en el que él también participa. Un proyecto que necesitará dos años más para estar terminado y que pretende alejarse del diseño —de ahí su nombre— y en el que las cosas que habitualmente se hacen de manera artesanal (como azulejos para las paredes o la barra el bar), aquí se hacen de manera literal y explícitamente tecnológica. Si no digo su nombre es porque cometí el despiste de no preguntárselo. Como tampoco pude preguntar a Martí Guixé, que estaba intermitente en el lugar, cuál es el paradigma del diseño del que desea distanciarse o si no teme que sea un bar frecuentado mayoritariamente por diseñadores en busca de la última rareza creativa. La endogamia de los contextos laborales suele reproducirse en los bares. Entre que no quería molestar demasiado a alguien que está en horario de trabajo y que mi amigo y yo estábamos fascinados tomando fotos con nuestro teléfono a vasos, copas, platos, estanterías, servilleteros, taburetes o “azulejos” impresos en un material llamado PLA, nuestro interrogatorio se quedó en el aire. De la misma manera se me olvidó hacer algo fundamental a la hora de completar el análisis general de un bar: ir al cuarto de baño. Normalmente lo hago para determinar el grado de limpieza real del sitio. En el Ex-designer Bar hubiera querido entrar para comprobar que no todos los retretes son de cerámica. Igual que los turistas delante de la Sagrada Familia o los aliens que aterrizan por primera vez en la Tierra y deciden entrar en un bar, nos pasamos la mayor parte del tiempo recorriendo visualmente el espacio y observando a sus habitantes más o menos ocasionales, conscientes de que lo extraño no es cómo el Ex-Bar se va haciendo, sino la actitud con la que uno entra en él, como si de un monumento retrofuturista se tratase.

Justo antes de salir mi amigo preguntó al camarero-arquitecto si estaba prohibido dibujar en el bar. Al lado del habitual cartel que prohíbe el tabaco dentro de los espacios públicos, hay otro con un lápiz tachado. Nos dijo que no, que simplemente se trataba del logo del Ex-desginer Bar. Una forma de rechazo a una herramienta del pasado —el lápiz— asociada a formas caducas de diseño. Una vez afuera, mi amigo, que sí se fijó en algo que yo pasé por alto, me comentó la gran contradicción entre el logo de este espacio y que exista un dibujo que parece hecho a mano alzada —eso sí, enmarcado con el mismo material del que están hechos todos los demás objetos— en una de las paredes del bar mostrando el boceto del resultado final, cuando el Ex-designer Bar haya sido completamente impreso y esté terminado. De contradicciones estamos hechos los seres humanos. También los diseñadores. Y los bares.

Desde la calle, el Ex-Bar pasa desapercibido. Si uno se fija con más atención, hay un cartel en la puerta impreso en 3D que dice “¡Atención! este bar se va imprimiendo con impresoras 3d”. No pude evitar fijarme también en el cartel retroiluminado del supermercado nocturno que hay al lado. Una rareza minimalista de letras negras sobre fondo blanco teniendo en cuenta la estética habitual de los supermercados que abren hasta tarde en Barcelona. Y no tanto porque el dueño de este supermercado haya decidido ser conscientemente moderno y cumplir una variación de uno de mis deseos ocultos —el uso totalitario de la Helvética sobre un fondo de color, sin añadidos o imágenes en los productos y rótulos de los supermercados—, sino porque se trata de un cartel reutilizado. Concentrando la mirada es posible leer un mensaje oculto debajo de la palabra “supermercado”, a través de las huellas de unas letras que todavía permanecen: “money transfer”. Como en muchas novelas de ciencia-ficción, negocios ocultos acechan y regulan nuestras vidas sin darnos cuenta. Quizás algún día —en el enésimo futuro que no sucederá— el dinero tenga que ser hecho en impresoras 3D para volver a existir.

 

Fotografías de la autora.