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La música alivia

Conversación con Lorena Álvarez
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Es día de fiesta en San Antolín de Ibias, un pueblo en el límite occidental de Asturias. Dos carreteras retorcidas unen y separan el pueblo: la que asciende por el Alto de Valvaler y la que cruza Muniellos por el Puerto del Connio. Tan cerca está ya de Galicia que cambia la lengua, el paisaje y la bebida: los vecinos hablan fala, una variante del gallego con rasgos asturianos, y el clima seco les permite hacer vino casero, fuerte y claro a la vez. Ninguno de los productores lo vende: prefieren repartirlo entre parientes y amigos. Cada uno ha donado hoy diez litros de vino para la jornada; por la tarde destilarán orujo en la plaza.

Lorena Álvarez ha pasado justo la mitad de su vida lejos de San Antolín. Tras dos grabaciones excepcionales —Anónimo (Sones, 2012) y Dinamita (Producciones Doradas, 2014)— ha regresado para centrarse en varios proyectos: un disco nuevo, un EP que incluirá adaptaciones de Gloria Fuertes y Violeta Parra y un cancionero tradicional para niños con ilustraciones propias. Sin embargo, el regreso también le ha hecho replantearse el significado de los lugares: «Antes pensaba que lo extraordinario era llevar un tipo de vida que no podía tener aquí, porque tenía tanta curiosidad y tantas ganas de aprender… Ahora me sorprende darme cuenta de que veo lo extraordinario en otros lugares y, sobre todo, en otras personas, que quizás no hacen aparentemente grandes cosas, pero luchan cada día para vivir una vida que merezca la pena ser vivida». Bajo la carpa de la plaza, comiendo pulpo y churrasco, hablamos de la tristeza de tantos pueblos asturianos, transformados por las migraciones y la falta de actividad. Unos amigos de Lorena rodaron recientemente Escombro, documental que recupera una tradición del carnaval —Os Reises de Tormaleo— para denunciar el deterioro causado en esta zona por las minas, cerradas hace pocos años sin un plan de regeneración social ni ambiental.

En el estudio de trabajo, Lorena ha reunido sus libros favoritos (abundan los de la poeta Wisława Szymborska), un caballete de madera hecho por su padre y varios instrumentos. Sobre la chimenea cuelga el pandero cuadrado que compró cuando fue a conocer a Concha de Trasmonte, cantante y panderetera fallecida en 2012, considerada una de las figuras centrales de la música tradicional asturiana. Con su nueva autoarpa, Lorena toca la canción que ha estado escribiendo estos días a partir de un recuerdo familiar: su abuela tenía miedo a los eclipses porque la Guerra Civil había llegado a su pueblo «una noche en que la luna estaba roja».

A Lorena le encanta charlar, pero detesta las entrevistas. No le interesan las reflexiones generales; prefiere hablar con mucho cuidado, sin ceder a teorías. Puntúa muchas de sus frases con una risa amplia, como si quisiera dejar inconclusa cada respuesta: «Nunca me había planteado nada sobre mis canciones hasta que empezaron a hacerme entrevistas. La mayoría de cosas con las que me han confrontado ni siquiera se me habían pasado por la cabeza. Cuando los demás te piden explicaciones, casi siempre están hablando más de ellos que de tu obra».

Su acercamiento a la música parece resumirse en el título que escogió para su primer disco: Anónimo. «Intento que mis canciones no hablen sólo de mí. A veces, escucho o leo cosas demasiado personales de otra gente y me siento muy violentada: ¿por qué tengo que conocer la vida íntima de esta persona? Intento extraer de mis experiencias las que creo que pueden ser comunes a más personas, aunque a veces sea difícil y seguro que muchas veces no lo consigo. Por ejemplo, en esta canción que os toqué antes: la escribí por una necesidad, pero después de escribirla y de cantarla y de disfrutarla, si me pongo a pensar, me doy cuenta de que el hecho de nombrar a mi abuela me fastidia bastante. En la canción, partiendo de un recuerdo personal, intento hablar de un tiempo (la guerra), de una forma de pensamiento (el supersticioso) y de unas personas (las abuelas), pero no quiero que mis recuerdos se conviertan en el tema de la canción. Si sólo la fuera a escuchar yo, me parecería estupendo, sería como mi álbum de fotos, pero probablemente más tarde la escucharán otras personas y no me apetece que nadie piense en mi abuela; eso ya lo hago yo. Por otra parte, ¿qué le voy a hacer si era precisamente a mi abuela a la que le daban miedo los eclipses?»

Uno de sus libros preferidos es La diosa blanca, el estudio sobre poesía y mito que escribió Robert Graves: «Comparto esta idea suya de que la poesía es un lenguaje antiquísimo, misterioso, intuitivo, mágico y de adoración a las deidades femeninas que simbolizan, resumiendo mucho, que en este mundo todo forma parte de un todo y que todo es igual de sagrado —las plantas, los animales, las mujeres, los hombres, el cielo y la tierra, la vida y la muerte— y que mediante la poesía se puede invocar para recordarnos que deberíamos estar en armonía con todo esto. La mayoría de lo que nos rodea ha perdido las cualidades mágicas y divinas que tenía en la antigüedad, el mito se considera una tontería y no se le da a la poesía la importancia que tiene. Como la poesía no se puede analizar científicamente, dice Graves, se piensa que tiene que ver con algún tipo de magia y como la magia tiene tan mala reputación…»

Menciono algunos grupos que le interesan, como los Hermanos Cubero, y le pregunto si cree que la música actual empieza a sentirse más cómoda en su acercamiento a la tradición. Lorena no quiere generalizar, pero admite que «tal vez la gente esté empezando a abrir los ojos sin miedo ante lo que son: yo la primera.». Ve la tradición como algo natural y progresivo, «un río que viene de muy atrás y que avanza, fruto de muchas personas que han puesto lo mejor de sí mismas para que así sea». También en ciertos ejemplos de arte de vanguardia: «Me gusta el cineasta portugués Pedro Costa y me sentí muy identificada cuando leí que, para él, los grandes directores de la Historia no eran una especie de mito, si no que los sentía como sus compañeros. Siempre he sentido eso con los artistas a los que admiro: los considero mis maestros, mis amigos y mis compañeros. Me han consolado, me han enseñado, me han reconfortado cuando me he sentido sola y han abierto mi mirada y ensanchado mis horizontes. No son parte del pasado, están aquí ahora. Me da la sensación de que en otros países la música contemporánea mantiene un diálogo más fluido o está más en contacto con las músicas más tradicionales o populares de cada lugar. Y aquí, exceptuando el flamenco, ha habido una ruptura radical, propiciada entre otras cosas por el uso político que se dió a este tipo de música durante la dictadura, cuando se intentó institucionalizar y utilizar injustamente para extender entre la población unas ideas con las que la música popular, originalmente, tan poco tenía que ver; por eso mucha gente le ha cogido manía. Tampoco se ha cuidado ni protegido, porque no se ha apreciado y no se ha puesto en valor; ya sabemos que en esta sociedad la razón tiene más valor que la imaginación, la ciencia tiene más valor que la poesía, el hombre tiene más valor que la mujer y los niños y los ancianos, y la música culta tiene más valor que la popular. A mí me da pena, porque todo lo que viene de muy atrás me llama mucho la atención y hace volar mi imaginación».

Pese a su interés por la tradición, Lorena prefiere apartarse de términos como folk o música tradicional: «Cuando estoy haciendo una canción no estoy pensando en un estilo; es al enseñarlo cuando todo se cataloga y se clasifica. Por lo general esas etiquetas hablan más de la persona que está escuchando que de la que está cantando. Cuando me preguntan si hago música tradicional respondo que no, que me inspiro en ella, pero también me inspiro en muchas otras cosas. Si un día me da por hacer un disco de bakalao, me instalo un programa aquí en el ordenador y lo hago. A ver si a los que les gusta la música tradicional va a ser a ellos y no a mí…».

Cree también que la música no es algo ajeno e independiente, sino una parte central de la vida cotidiana: «Suelo escuchar bastantes grabaciones de campo: gente anónima cantando, tocando, relatando historias… Muchas veces la gente confunde la música con la industria de la música. Pero la música que me interesa suele ser la que está fuera de la industria, la que hacen personas que no tienen una voz dentro de ese negocio. Entiendo la música como algo para compartir, para pasarlo bien y, sobre todo, un pequeño momento de libertad y de alivio. También creo que es un medio de aprendizaje muy poderoso, de acercamiento al mundo y de ampliación y entendimiento y por eso me parece mal que quiten horas de música o de arte en las escuelas. En otras culturas, por ejemplo la gitana, por lo general la música tiene muchísima importancia en la vida de las personas; la música les acompaña desde que nacen hasta que mueren, la aprenden, la disfrutan. Después decimos, “tiene el arte en las venas”. Pues no, lo que pasa es que su cultura da la importancia que se merece a la música y a su aprendizaje. Hubiera preferido que de pequeña me enseñaran a tocar algún instrumento, en vez de la lista de los reyes visigodos (que, por cierto, no me sé ni uno)».

Hablamos de la progresiva desaparición de la música en los espacios comunes; esa música que, hace pocas décadas, era parte fundamental de los rituales, del trabajo, de lo colectivo: las canciones que hacían lo que decían, que daban el ritmo de la actividad, que eran un saludo, un reto o una invitación. «Todo el mundo tenemos derecho a cantar y a bailar. Es un derecho de la gente y, sin embargo, está prohibido o mal visto en tantos espacios, e incluso crecemos con la idea de que no deberíamos andar cantando por ahí, o bailando en medio de la calle. Por ejemplo, en Barcelona, por fin han cambiado las leyes para que no esté penalizada la música en directo en los pequeños locales y bares. Como dice un amigo, se criminaliza la música, pero a nadie le molesta que se vea el fútbol a todo volumen y que cuando meten un gol se oigan esos gritos como de chimpancés por las calles». Aunque su discurso tiene intensidad política, Lorena no quiere que se banalicen ni se confundan ciertas ideas: «Como he dicho antes, yo creo que la música alivia. Y por eso la música supuestamente política que se está haciendo aquí no me interesa mucho. Para mí, una canción política es la que crece cuando la escuchas, la que se abre dentro de ti como un huevo al que se le rompe la cáscara y te hace sentir esperanza, te da fuerza para poder cambiar las cosas. No sé de qué sirve una canción que sólo te recuerde lo mal que estás. Para mí, la única música que puede tener un valor político es la que te hace creer que eres capaz. Pero sinceramente ni siquiera acabo de entender qué es eso de música política y no creo mucho en esas dos palabras juntas…».

Desde la plaza de San Antolín llega el sonido de un acordeón. Algunos caballos regresan de la feria. Con la guitarra, Lorena toca cuatro de las canciones que está preparando para su nuevo disco; en ellas retoma algunos de sus temas principales, como la inseguridad, la confusión de los sentimientos o la tensión entre instinto y pensamiento. «No recuerdo dónde leí esta frase», dice, «pero me gusta mucho: la música va a las zonas más oscuras del ser humano y las ilumina».

 

Fotografías: archivo personal de Lorena Álvarez.