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Literatura para el padre

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I

Mi chica no estaba embarazada cuando compré mi primer libro para preparar la paternidad. Habíamos salido a pasear y, como solemos hacer, nos habíamos parado en una librería de Barcelona. Tomamos un café en la planta de arriba, justo al lado de las estanterías dedicadas a libros para padres e hijos. Debería decir para madres, porque la crianza parece seguir siendo cosa de ellas. En aquel momento sólo un libro iba dirigido directamente a los hombres: Padre, el último mono (Ed. Planeta, 2014) de Berto Romero, Oriol Jara, Roger Rubio y Rafael Barceló. La edición era más o menos bonita y en la contraportada se advertía: “Este libro no es sólo humorístico, es también un libro con el que aprenderá cosas útiles”. Lo cogí, pero en la caja vi a una conocida trabajando y estuve a punto de echarme para atrás. «¿Qué era eso?» El único libro para padres que había era de humor y, aun así, mi tensión al pensar que alguien podía saber que me lo estaba comprando se había disparado por el miedo a tener que dar explicaciones. Me recordaba a cuando, de pequeño, nos retábamos entre chicos para ver quién se atrevía a entrar en el quiosco a comprar el Interviú. Algo fallaba.

Mi pareja había leído French Children Don’t Throw Food (Ed. Black Swan, 2012) de Pamela Druckerman, La mujer y la madre (Ed. La esfera de los libros, 2010) de Elisabeth Badinter y ¿Por qué tener hijos? (Ediciones B, 2012) de Jessica Valenti. Sentía que me estaba quedando atrás y, por los fragmentos que me había leído ella en voz alta antes de dormir, me veía capaz de asegurar que no se trataba de ningún coñazo de libro, sino de literatura seria y el resultado de un trabajo bien hecho por parte de escritoras, periodistas y filósofas que habían recorrido ese camino. Había cosas a criticar, por supuesto, pero un abismo separaba mi punto de partida del suyo. Los chistes de Berto se basaban a menudo en recurrir al tópico y, “dar la mano e intentar no molestar demasiado” podría ser el resumen del libro entero. No me servía.

Unos días más tarde, nos vimos con unos amigos que acababan de tener una hija. Él, licenciado en Física y Teoría de Literatura y profesor de secundaria, es uno de mis referentes a la hora de pedir recomendaciones bibliográficas. Así que la pregunta estaba clara: “¿Qué leíste antes de tenerla?”. Su respuesta fueron dos libros del pediatra Carlos González que le había pasado su pareja durante el embarazo: Bésame mucho, cómo criar a tus hijos con amor (Ed. Temas de hoy, 2003) y Un regalo para toda la vida, guía de la lactancia materna (Ed. Temas de hoy, 2006). Me sorprendió. No era lo que esperaba y la pregunta se volvió contra mí: «¿Qué estás buscando exactamente?»

Supongo que buscaba algo que me diera información útil, que abriera el melón de algunas reflexiones que todavía no me estaba planteando y, sobre todo, que estuviera bien escrito. Inmediatamente me puse a ello hasta configurar una genealogía no exhaustiva de lo que ha venido siendo en los últimos veinte años la literatura para el padre.

A finales de los noventa James Douglas Barron publicó la trilogía, en España editada por Urano, que consideré el pistoletazo de salida: Ella quiere un anillo ¡y yo no quiero cambiar nada!, Ella va a tener un bebé ¡y yo un ataque de nervios! y Ella ha tenido un bebé ¡y a mí me va a dar algo. Con buena voluntad, Douglas Barron intentó armar un tratado sincero y básico para el hombre, lleno de recomendaciones concretas sobre cómo comportarse ante esos supuestos momentos cruciales de la vida. El esfuerzo es meritorio y estoy seguro de que arriesgó al escribirlo. Se nota en frases como “sé suficiente hombre para permitirte ser sentimental” o incluso en ese consejo, para muchos útil antes de la paternidad, de “no conviertas a tu mujer en tu madre”. Pero a la vez, estaban esos “no pienses románticamente en las novias que tuviste en el pasado” o “nunca admitas que una canguro es atractiva”, en los que, además de caer en el estereotipo de género, acaba recomendando mentir, y no precisamente como una excepción. En el primer caso, además, detalla: “Para mí se trataba de una novia italiana y de su frase favorita, que se me quedó grabada: ‘En la vida hay dos cosas: el café y el amor, en ese orden’”. Me sentí contrariado. Douglas Barron se mostraba honesto y a cambio yo le juzgaba desde un punto de vista moral. Le reconocía el intento de reclamar una paternidad activa, pero le reprochaba que al ver que le llamaban “señor Mamá”, un término que califica de “asqueroso”, se defendiera de una manera ridícula. El padre hace algo “totalmente diferente” de lo que hace la madre, decía. “Nosotros actuamos con más desorden, cargamos el peso sobre los hombros, le damos al bebé algo sobre lo que apoyarse, le mostramos el mundo, le enseñamos a andar, a columpiarse y a volar y le ayudamos a autoafirmarse y a no dejarse persuadir”. Ajá.

Para continuar con esa genealogía, y a partir de Douglas Barron, dibujé un trayecto que pasaba por el Cuaderno para un padre novato (Ed. Paidós, 2005) de Francisco Fernández Beltrán, en el que se desea, tal cual, que tus espermatozoides sean “vagos” porque así, cuando “le apriete a tu mujer el ansia de ser madre, vas a tener una temporadita en la que te vas a hinchar a sexo, muchacho”. Visto lo visto, salté a la siguiente década con la Guía del mal padre (Ed. Astiberri, 2013) de Guy Delisle y el Vas a ser papá (Pirámide, 2013) de Mario Guindel; Padres destronados (Ed. Toromítico, 2014) de María Calvo; Cosas de niños (Ed. Errata naturae, 2015) de David Wagner; La vida de un padre abrumado (Ed. Lumen, 2016) de Iñaki Echevarría y ¡Oh my dad: porque ellos también cuentan (Lunwerg Editores, 2016) de Papá 2.0. Había cómics, manuales, ensayos, narrativa, pero de todos ellos sacaba una sola conclusión: no tenemos ni idea de cuál es nuestro lugar en el mundo en el momento de afrontar la paternidad, no llevamos nada bien que en un sistema patriarcal se nos desplace del centro, y es tan patético que solo podemos referirnos a ello con humor y dibujos, como si el niño fuéramos nosotros.

De hecho, da igual que Berto sea humorista de profesión, es eso lo que explica su libro. Por ello, con un talento inconfundible, Delisle se ríe de sí mismo en sus viñetas, a veces entrañables y otras punzantes. A Echeverría le sale menos bien persiguiendo el efecto Mafalda, y deja que sea su hija la que le ponga en evidencia. Papá 2.0, el proyecto de Diego Limonchy y Gabriela Francisco, insiste además en dar trece consejos básicos al padre, entre los que están que “siempre es mejor esperar la reacción de ella” al conocer el resultado del test; “habla con ella” sobre cómo te sientes; “aumenta su autoestima” si hay algo que le afecta; “resígnate y paga” si desea comprar lo que sea; “déjala actuar” porque gracias a su instinto maternal sabe lo que tiene que hacer; y “relájate, Papineitor”, asumiendo que el padre no puede hacer otra cosa que adoptar un rol hiperprotector empujado por sus propios miedos. Así lo explica también Guindel, en un libro mucho más didáctico en el que la fórmula consiste en detallar todo el proceso por el que ella pasa durante el embarazo: “Uno de los instintos que un hombre desarrolla al ser padre, quizás el que más, es el de protección”. Pero al súmmum llega María Calvo, quien no sólo reivindica que la educación paterna se caracteriza por conceptos como la “competencia, firmeza, disciplina, fortaleza o autoridad”, sino que habla de las madres solteras como mujeres que, “puesto que han decidido solas el momento de su fecundidad, ocultándolo al padre, consideran al niño como un bien propio y exclusivo, fruto de su narcisismo y egoísmo”, y “degradan la paternidad y al hombre al colocarlo en el lugar de un semental”. Según ella, esta sociedad contemporánea “ha privado de su esencia” a muchos padres, ya que “les obliga a ocultar su masculinidad”. Yo argumentaría todo lo contrario: es este modelo de masculinidad que no nos representa lo que nos tiene confundidos, y no el avance feminista del mundo occidental. Pero seamos honestos: Calvo advierte en el primer párrafo que “muchas mujeres” considerarán su libro “absurdo, machista, trasnochado”. Lo es, así que no podría considerarse de otro modo.

Por suerte, como una joya que apunta en otra dirección, el libro de David Wagner va por otros derroteros. No da información ni consejos concretos; no sabemos nada del embarazo ni del parto de su mujer; no hay chistes sobre lo patosos que somos los hombres ni burdas disculpas; pero sí reflexión y literatura alrededor de un tema que ha preocupado a grandes autoras, y que nosotros hemos olvidado. Mientras nos ocupábamos de proyectos profesionales, creatividad y vida sexual, ellas cuidaban hijos, con la presión del estigma si no se sacrificaban suficiente, si no cumplían con el supuesto instinto. Al darse una vueltecita por la literatura para padres, uno comprueba que esto no ha cambiado demasiado, y así nos va.

II

Cuando unos meses atrás mi chica y yo empezamos a hablar de la posibilidad de ser padres, hice lo que hago siempre: recurrí a la literatura. Pero esta vez no encontré lo que quería. La paternidad resultó ser un tema inhóspito en lo literario y los libros que cayeron en mis manos hablaban a un modelo de hombre con el que no me siento identificado.

Investigando un poco, me di cuenta de que algo parecido le había pasado al antropólogo experto en igualdad de género Ritxar Bacete, que coordinó un estudio sobre la paternidad corresponsable en el País Vasco. Sus únicas lecturas antes de ser padre habían sido las mismas que me recomendó un amigo hace no mucho: Qué se puede esperar cuando se está esperando (Ed. Planeta, 2014) y los trabajos de Laura Gutman sobre crianza. Ninguno iba dirigido a los futuros padres. “Eché de menos una reflexión profunda y sistemática que incorporase la presencia del padre de forma consciente, crítica y política en todo el proceso”, me dijo Bacete. Él también había advertido la “eclosión de libros escritos por hombres en relación a la experiencia de la paternidad, pero la mayoría de ellos están curiosamente planteados desde el sentido del humor y las experiencias personales, muchas veces desafortunadas, en relación a las competencias parietales masculinas”.

En cambio, la artista visual canadiense Moyra Davey sí encontró una tabla de salvación en la literatura al afrontar la maternidad. En los últimos meses de su primer embarazo a los 38 años y durante un tiempo después, se dio a la lectura como un borracho a la bebida. No se sentía preparada para la experiencia y se encontró a si misma sumida en una crisis, y leyó por lo que leemos todos: para romper el aislamiento, para inspirarse, para sentirse menos sola al verse reflejada. Leyó a mujeres hablando de maternidad, como explica en el libro Maternidad y creación (Ed. Alba, 2007), en el que reunió una selección de fragmentos de esa literatura que tanto le ayudó. Y aunque Davey se queja, con razón, de que la voz de la madre todavía escasea entre las escritoras, ahí están Margaret Atwood, Lydia Davis, Ursula K. Le Guin, Doris Lessing y Toni Morrison, entre otras. Pero en estos 80 años de buena literatura recogidos por Davey, ¿dónde está el hombre hablando de la paternidad?

Hace ya dos Sant Jordi le regalé a mi chica Manu (Ed. Pepitas de calabaza, 2013) del periodista y escritor gallego Manuel Jabois. Relata el embarazo de su mujer y el nacimiento de su primer hijo, aunque el protagonista es él mismo, su vida cafre y su escritura. El día de la presentación en El Mundo, Jabois dijo que “el verdadero mérito de escribir de un hijo es que, al acabar el libro, a nadie le apetezca por ley tener uno ni adoptar, nunca en la vida, a alguien como yo”. Cuando leí Manu, hace solo unos días, empecé disfrutándolo pero luego le reproché la actitud de “me-la-suda-todo”. Llegué a pensar que eso le hacía peor persona y agradecí que al acercarse al final se ablandara: cuenta cómo “todo el miedo que siente uno porque el parto salga bien se diluye en una suerte de parálisis” y concluye que “el parto es una tortuosa despedida”. Cuando se pregunta qué quiere para su hijo, responde que unos padres como los suyos y los de su pareja: “Gente normal, sin apariencias ni solemnidades”. Conecté.

Pensé que eso estaba bien. Bacete reivindica la necesidad de que haya materiales específicos para nosotros, porque tenemos un “déficit significativo en competencias cuidadoras” y hay que tratar experiencias como la paternidad “positiva y activa”, que nos afecta en “los aspectos más profundos de la identidad personal, marcada por los modelos de masculinidad dominantes”. Pero todavía falta interés en romper el tabú. Cuando en marzo Bacete presentó su estudio en las jornadas que se organizaron en el País Vasco sobre ‘Paternidades que transforman’, acudieron más de 550 personas, pero solo un 25% eran hombres, a pesar de que se trabajaba específicamente la paternidad.

David Wagner, autor de Cosas de niños (Ed. Errata naturae, 2015), fue padre a los 28 años, y era el primero de sus amigos en afrontar la paternidad. Reconoce que no se preparó con ningún manual, pero había leído Temperatura ambiente (Ed. Alfaguara, 1993) de Nicholson Baker. Luego abordó otros libros interesantes: Un hombre enamorado (Ed. Anagrama, 2014) de Karl Ove Knausgard; otro no traducido al castellano del también noruego Tomas Espedal; e Historia de niños (Ed. Alianza, 1986) del austríaco Peter Handke. Para Wagner está claro: la presencia de autores noruegos entre sus recomendaciones en cuanto a literatura sobre paternidad no es casualidad, sino el reflejo de un cambio progresivo en las sociedades occidentales, con liderazgo escandinavo.

“Con ambos padres trabajando, hay que organizarse. En Alemania el papel del padre ha cambiado con los incentivos estatales, ya que hay partidas públicas para padres que se quedan en casa. Pero todavía no es suficiente, y las carreras de las mujeres se ven mucho más afectadas por los hijos que las de los hombres”, sentencia el escritor alemán, que añade que hace quince años ver a un hombre empujando un carrito en Berlín todavía era una rareza.

En 2014, Handke dijo en una entrevista en La Vanguardia que ser escritor no es fácil. “Igual que sucede con la paternidad, no basta con engendrar hijos para ser padre, y no basta con juntar letras para ser escritor, eso es lo que tienen en común”. Lo más importante para él, decía,  era “intentar ser un buen padre, es decir, no cometer muchos crímenes, tal vez alguno pequeñito de vez en cuando, o uno grande, no sé”. Algo parecido a lo que opina Diego Limonchy, la mitad junto a su pareja Gabriela Francisco de Papá 2.0, responsables del manual ilustrado ¡Oh my dad: porque ellos también cuentan (Ed. Lunwerg Editores, 2016): “Siempre he dicho que cualquiera puede tener un hijo, pero no cualquiera es padre. Es algo que te tienes que creer”.

Defiende que eso es lo que hace el padre de hoy, que él llama Papá 2.0: “Se involucra desde el primer momento, investiga muchísimo, está pendiente de cualquier producto que le facilite alguna tarea a su chica”, y su espacio está en la red, una opinión que comparte con Bacete. Si Limonchy destaca los escritos de Ezequiel Tozzi para el Blog Baby Center y los dibujos de Xarly Rodriguez en su web Lucreativo.com, Bacete resalta iniciativas como la de de Joaquim Montaner en #papasblogueros, con la recopilación de más de 150 hombres que reflexionan y escriben sobre la experiencia de la paternidad, y #siloshombreshablasen, un grupo que pretende reivindicar una paternidad “más consciente, cercana y respetuosa” con “modelos masculinos más sentidos, más emocionales y mucho más implicados”.

“Es imprescindible que los hombres empecemos a implicarnos en la crianza, a ocupar el papel corresponsable que nos corresponde, pero también a generar espacios de reflexión sistemáticos desde nuestra propia experiencia de la paternidad. Y eso incluye escribir y leer sobre estos temas”, zanja Bacete. El contrapunto a estas voces lo pone el escritor barcelonés Jorge Carrión, quien asegura que los hombres sí han hablado de paternidad. Admite que él no preparó la experiencia con ningún libro, sino con el cuidado de su gato, pero cita el Nuevo Testamento, la Odisea y Hamlet como “grandes relatos sobre la paternidad”. Papá Goriot de Honoré de Balzac, La vida entera de David Grossman, la Pastoral americana de Philip Roth y Desgracia de J.M. Coetzee son otros ejemplos que menciona. Yo no los he leído, pero al buscar sobre ellos en Internet, me pregunto si me entendió.

 

Imagénes: Padre e hijo de Daniel Lobo (Portada) y Paternidad de Héctor Milla.