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El parche caliente

Me ha sido encomendado reseñar el libro más malo del mundo. Hoy, jueves 10 de abril de una mañana excepcionalmente cálida, con nubes bajas que se mueven lentamente como los personajes de Juan José Saer.

Modo lectura

Estoy terminando La Grande, de Saer, una verdadera obra maestra. No me interesan los temas que provoca la narración, como sí me interesaron en otros libros suyos (Cicatrices, A medio borrar, El entenado, Nadie nada nunca, etc.). Pero no puedo dejar de leer lo que escribe conmocionado por su poder de escritura. La mujer de Nula —no recuerdo ahora su nombre— es manca. Y es, escribe Saer, muy hermosa. La Grande, por la muerte Saer, también es manca y hermosa, como ese personaje que mora en ella. El escritor no pudo terminar el último capítulo. De esta manera, toda su obra queda en un estado de suspensión. Pienso en la estrofa de un tema de Invisible, un trío eléctrico que comandaba Luis Alberto Spinetta, que se llama Suspensión. Dice así: “Antes del tiempo, era todo azul, leve de suspensión”.

Escribo todo esto porque prefiero hablar de lo que me gusta y no del libro que me han encomendado reseñar. De todas formas, después de pasar la mañana llevando a mi hija al jardín y de leer los diarios en la vereda de un café junto a mi perra Rita, he decidido que no voy a reseñar el libro más malo del mundo porque no quiero escribir sobre lo que no me gusta. Hay mucha mierda en el mundo de la cultura para sumar, en vez de una adhesión, un rechazo. ¿De qué sirve exclamar: no lean este libro que es malo? Acá, en Argentina, todo está sepultado por los programas televisivos de chismes de la tarde, por las fotos de los VIPs de la farándula, por la carcajada estruendosa de Marcelo Tinelli y su antimateria cultural. Todo eso ya hace que la gente no lea nada de nada. ¿Para qué aconsejar no leer?

 

De todas formas, quiero aclarar que la editorial que me mandó el libro no me dijo: “Tomá, escribite algo sobre esta bazofia”. No, el autor es un autor importante de la editorial. En la solapa hay autores prestigiosos que elogian al autor del libro. El libro, en su aspecto físico, es hermoso. Inclusive ahora, que lo toco, en sus materiales, la densidad de papel de tapa, los colores de fondo de la misma, la imagen que la ilustra y el título son prometedores, delicados, entusiasman, como esas portadas de Batman que publicaba la editorial mexicana Novaro y que yo leía sin parar en mi infancia. El libro es grueso, pero no mucho, un tamaño ideal.

Mi perra Rita tuvo este verano un parche caliente. ¿Qué es eso? Por algún motivo que desconocemos, los perros se estresan y empiezan a lastimarse la piel hasta que se hacen un agujero que hay que curar con antihistamínicos y pomadas. Rita es una Border collie y tiene pelo largo, con lo cual, para poder curarla bien, hay que cortarle el pelo de la zona lastimada. De manera que en febrero la llevé a la veterinaria, la pelamos de la parte lastimada, la curamos y listo. Pero estamos en abril y el pelo cortado tarda en crecer. Vuelvo, entonces, a la veterinaria. Los locales de mascotas se dividen, a grandes rasgos, entre los que sólo comercian y los que de verdad se ocupan de curar a los animales. Estamos en el segundo caso y la noticia de que la veterinaria hace bien su trabajo ha corrido por el barrio, y si uno llega tarde se encuentra con siete u ocho personas con sus mascotas ya esperando. Como el veterinario es meticuloso y se toma su tiempo —como debe ser—, uno tiene cien años de soledad por delante, esperando en una entrada exigua, rodeado de comida de animales y otras yerbas. Rita se sienta a mis pies. Controlo que ningún animal de los que espera con sus dueños se nos venga encima y saco, de mi bolso, la novela que quiero leer para reseñar y que hasta ahora, sólo por la empatía que me produjo su aspecto físico, es prometedora. Pero dos horas largas después de leer y esperar estoy demolido, enojado e incómodo: ¡me faltan todavía tres perros por delante y tengo que reseñar a la novela más mala del mundo!

¿Cuántos son los controles que hay que pasar para publicar una novela? El escritor escribe una novela y el primer control es él mismo. Se da cuenta de si está escribiendo de manera productiva o si está escribiendo pura retórica. A veces, un relato que le parece genial es guardado en un cajón para que hiberne, y meses o años después vuelve a la superficie para ser leído y juzgado nuevamente. Bob Dylan dejó fuera de sus discos canciones extraordinarias que en su momento no le gustaban. Escuchándolas, uno se pregunta si Bob era sordo. Sin embargo, es difícil escribir y escucharse a la vez. Supongamos que se pasa ese primer control personal y el escritor da a leer a amigos su novela. Es de desear que esos amigos sean sinceros y le digan la verdad. Pero, ¿cuál es la verdad? Acá surge otro problema. Hay amigos que desaconsejan publicar libros que, después, se vuelven obras maestras. Hay autores que les piden a los amigos que quemen sus libros, y estos no sólo no lo hacen, sino que los publican. Hay amigos que les dicen a los autores que sus libros son geniales y en realidad ni los leyeron, o los leyeron y les parecieron malísimos, pero no quieren estropear una amistad porque, se sabe, algunas personas sólo te pasan su novela para que les confirmes lo que ellos ya saben: que son geniales.

Una vez que la novela logra atravesar el círculo íntimo llega al editor de la editorial, quien puede, o no, sugerir cambios, aceleración de la prosa, tachar capítulos, etc. Tengo en mi casa el ejemplar completo de The Waste Land con las correcciones larguísimas que le hizo Ezra Pound a Eliot y que éste aceptó sin chistar. Claramente, mejoró el libro. Sacó de la hojarasca la música esencial. Eliot le agradeció el cumplido en la dedicatoria: “Para Ezra Pound, il miglior fabbro”. Ahora, en esta mañana de la veterinaria que ya se hace tarde, me cuesta entender cómo un editor con sentido común no pudo detener la incontenible verborragia del escritor que escribió el libro más malo del mundo. Aunque intento avanzar en él, esperando que algo, una frase, una larga cadencia de repeticiones me abra al fin a su lectura —esto me ha pasado a veces, no era que el libro era malo, era que no lograba encontrar su password—, todo es inútil, y la lectura, ya unas setenta páginas, me produce dolor de muelas, algo inusual. El libro más malo del mundo es terriblemente arrogante, no quiere saber nada de lo que yo le puedo decir, no escucha a nadie más que a sí mismo. Igual, como si estuviéramos en un combate de karate, en el kumite, trato de encontrar su punto débil, la manera de utilizar su potencia negativa para doblegarlo. Conozco a escritores que se ponen contentos cuando el libro de un autor contemporáneo es malo. A mí me gusta leer y nada me gusta más que encontrar libros que me gusten, sea de contemporáneos o muertos. Nos llaman a mí y a Rita, le dan vitaminas para que le crezca el pelo, una pomada para poner en el parche caliente. Salimos a la calle y el cielo está ahora cubierto de nubarrones. Es otoño.

Pasaron dos días y el libro más malo del mundo está sobre mi escritorio. Me llama. Me pide que lo lea. Que le dé una nueva oportunidad. Creo que se está burlando de mí. Lo abro, lo releo y avanzó a trancos, como cuando caminamos por un territorio inestable. Encuentro, en medio de sus larguísimos párrafos, frases que me gustan, que están bien. Las resalto con un marcador fosforescente, son como postes o señales para saber cómo volver si me pierdo. Muchas veces los poemas que más me gustaron fueron los que no entendía. Eran crípticos, pero había algo en su sustancia que me inquietaba. En este libro entiendo todo, demasiado. Me puedo imaginar al escritor repitiéndose estas largas frases cancheras, brillantes en su cabeza, antes de escribirlas. El libro no tiene una historia, tiene una saturación de historias que se molestan constantemente entre sí. Leyendo casi cien páginas siento lo que se puede experimentar cuando alguien entra a una escuela y mata a todos sus compañeros, de manera gratuita. ¿Por qué hiciste eso? ¿Por qué no canalizaste tu rabia en cosas productivas? ¿Por qué nadie lo advirtió y lo detuvo a tiempo? El escritor del libro más malo del mundo, de alguna manera, se está suicidando en público. No tiene explicación de por qué lo hace, me digo. Pero no me quedo tranquilo.

 

Tengo que confesarlo. Ahora, a las diez de la noche, después de haber hecho karate en el dojo, después de cenar en familia, necesitaba estar a solas con el libro más malo del mundo. Fui a mi escritorio, prendí la luz y me puse a leerlo. No me gusta, nunca me va a gustar, pero ¿de qué me habla a la cara, sin bajarme la vista? ¿Qué lugar ocupan en nuestra vida las cosas que no nos gustan? En Boedo, mi barrio, estaba el hombre al que considerábamos el más malo del mundo. Le decíamos el gordo Suki. Era hijo de un comisario de la policía y andaba sin empleo, al tuntún, hostigando a los adolescentes que podía encontrar por la calle para aterrorizarlos. Era un ogro de 25 años. Una vez me agarró a mí con dos discos de Sui Generis debajo del brazo. ¿Y estos maricones?, me dijo. Me tuvo abrazado una cuadra en la que temblé sin parar. Lo mataron hace muchos años en la cortada San Ignacio, después de un robo. Todos respiramos aliviados. Pero el libro más malo del mundo no está acá para hostigarte, no te puede obligar a que lo leas, no es de lectura obligatoria y mucho menos puede amedrentarte físicamente. Pero oculta una verdad esencial, tan simple y sencilla que a mi estupidez le demoró días comprenderla. El libro más malo del mundo es un hermano. Todos los escritores, para alguien, hemos escrito el libro más malo del mundo.

Fabián Casas

Fabián Casas (Buenos Aires, 1965) es poeta y narrador. En su obra destacan los libros de poesía Otoño, poemas de desintoxicación y tristeza; Pogo; El spleen de Boedo y Horla City y otro; la novela Ocio; los libros de relatos Los Lemmings y Breves apuntes de autoayuda, y sus Ensayos Bonsái.

Ilustración de Raquel Marín