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Un elogio de la quietud

Ocurre que a veces fantaseo con la posibilidad de no levantarme de la cama. No sólo un día en particular, por pereza o cansancio, porque llueva o esté con gripe, ni porque me lleve los demonios la resaca. Me imagino haciéndolo (es decir, no haciéndolo: no levantándome de la cama) durante varios días, semanas, quizá meses. Tampoco es que esté deprimido ni que sienta alguna clase de indisposición mental o de otra índole para enfrentarme a la calle. Es simplemente una ocurrencia, como se dice, un pensamiento inconsciente y espontáneo; una idea de sublevación, una pequeña utopía personal, una absurdez, si quieren, provocada por el factor dime de lo que pregonas y te diré de lo que careces.

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Pero es una idea poderosa, la necesidad de un cambio biológico, indispensable, vital: un impulso de insurrección ante la perspectiva de que sean siempre otros cambios —los cambios de otros, los ruidos de otros, las prisas de otros, los poderes de otros— los que nos lleven por delante. Como los personajes de esas ficciones que todos alguna vez hemos leído o visto en el cine o en una representación teatral, es la posibilidad de hacer algo sin tener que dar ninguna explicación.

Cerrar la puerta sin dar un portazo, pedía Pessoa.

Como quien sale a tomarse un café al bar de la esquina y no vuelve, aunque haya dejado la luz encendida o la mesa puesta.

 

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Exagero, no es literal. Donde dice no levantarme de la cama debe leerse quedarme en casa, caminar de la habitación a la sala, de ésta al estudio y de aquí a la cocina: algo hay que comer. En realidad, es la idea sencilla (¿sencilla?) de hacer una pausa, evitar la bulla, dar un paso al costado, pactar una tregua con el tiempo. Una especie de purga espiritual similar a la que Houellebecq proponía en El mundo como supermercado: “Basta con dejar de participar, dejar de saber”. “Basta, literalmente, con quedarse inmóvil unos segundos”.

 

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Más que unos segundos.

Ocurre que a menudo siento que la velocidad que ha cogido el mundo se nos ha salido de madre. Que la urgencia se ha apoderado de casi todo lo que hacemos. Cada día se inventa un nuevo juguete para estar conectados con todo y con todos, cada día se anuncia una nueva fiesta a la que nos sentimos presionados a ir, cada día aparece una nueva promesa de viaje, de diversión impostergable, de puesta al día, de cambio de look. Más inauguraciones, más redes sociales, más networking, más tuits, más selfies, más automarketing, más Red Bull, más ilusoria actitud multitasking. Como advierte el poeta y ensayista mexicano Luigi Amara, son los “síntomas demasiado extendidos de una civilización que sitúa el trabajo por encima del ocio, el entretenimiento por encima de la contemplación, el estruendo por encima del silencio, y todo porque cada vez estamos menos capacitados para soportarnos a nosotros mismos”.

La sobreabundancia nos ha vuelto adictos a la insatisfacción y la saciedad nos coloca en la posición de comenzar siempre de nuevo. Demasiado nunca será suficiente, decía aquel filósofo cuyo nombre no recuerdo y me resisto a buscar en Google. Demasiado siempre será frustrante. La sociedad de la ultratecnología y del inconformismo es narcodependiente del vértigo, de la actividad incesante, del movimiento perpetuo. Si no tener nada conduce a la desesperanza y la desesperación, tener de todo hasta el aburrimiento es un pasaje en primera clase hacia el hastío, la ansiedad, la crispación.

“Internet se ha vuelto la infinita extensión del espacio psicológico que antes constituían los automóviles”, escribe la periodista alemana Kati Krause. En medio del tráfico (vial/virtual), rodeados por una capa protectora de metal y vidrio, hombres y mujeres respetables se vuelven de pronto personajes alterados que insultan y agreden a todo el que no tenga la sabiduría y la lucidez para estar de acuerdo con ellos; peor: lo hacen con un léxico de alcantarilla que, fuera del coche/de la red, nunca se atreverían a emplear cara a cara con nadie.

Ocurre además que esta grosería y este encono se están extendiendo de internet a la vida cotidiana. Desde hace nueve años vivo en un país en el que la mayoría se postula como experto en el arte del agorerismo. Todo está mal, quejémonos, pero no hace falta hacer nada: más temprano que tarde, todo estará peor. ¿En qué momento este sombrío pesimismo se ha transformado en activa agresividad? Los motivos, siendo en muchos casos importantes en una sociedad que vive y debate y a veces se embarra y desbarranca en democracia, no justifican el estado de alteración ni el vocabulario que se ve y se oye por ahí. Cada vez es más frecuente pasar de una diferencia de opiniones a un altercado, cuando no directamente a una refriega verbal de nivel dialéctico cero coma, a menudo intoxicada de xenofobia, sexismo, invectivas y ofensas de todo calibre.

De modo que sí, esto es lo que siento a menudo: como si se tratara de un viejo gadget con apenas un par de años de uso, me da la impresión de que la obsolescencia programada ha llegado también a nuestras emociones. La fiesta no es una fiesta, y ése es el problema.

 

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Hace unos años, el mencionado Luigi Amara llevó a la práctica la famosa idea de Pascal: “Toda la desgracia del hombre viene de una sola cosa, no saber permanecer en reposo en su cuarto”.

Durante varias semanas se encerró a solas en su habitación sin ninguna muleta tecnológica que lo ayudara a sobrellevar su yo y sus odiosos pensamientos. Cortó la electricidad, apagó teléfonos, ordenadores, etc., y eligió diez libros para aligerar su estadía en lo que llamó su Isla del Aburrimiento.

Al principio compartió el entusiasmo de Cyril Connolly: “¡Oh, sagradas mañanas solitarias y vacuas, meditaciones tranquilas: fruto de los estantes de libros y el tic-tac del reloj; silencio dorado y letificante…!”.

Replegado sobre su jubilosa introspección, también se acordó de Kafka: “Por propia voluntad, a la manera de un puño, se dio media vuelta y evitó el mundo”.

Iluminado por unas velas y por el espíritu de Shakespeare, llegó a recitar en voz alta: “O God, I could be bounded in a nutshell and count myself a king of infinite space”.

Unos días después, sin embargo, empezó a recibir la puntual visita del tedio, “la amorfa sensación de que me estoy perdiendo de algo, de que afuera de estas paredes suceden cosas más excitantes”.

Y así, una mañana se descubrió hablando solo, saludándose a sí mismo como si fuera una planta que acabase de brotar en un jardín o en una maceta:

—Bienvenido al reino de los vegetales —se decía en medio de la quietud sofocante de su cuarto, convertido, o mejor dicho, reducido para la ocasión en su fortaleza pascaliana.

—Bienvenido —se repetía— a la inactividad vacía de los tubérculos. Hace tanto tiempo que te esperábamos, dijeron los nabos; por qué tardaste tanto en resignarte, preguntaron los ejemplares más resecos. Bienvenido al cosquilleo de los insectos que hurgan en el tubo de tu entraña. No opongas resistencia, disfruta del ir y venir de las hormigas por tu esófago hueco. Bienvenido al reino de las cañas bajo tierra, aquéllas a las que ni siquiera el viento arranca un remedo de música.

 

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En un mundo que ha elevado el ajetreo a valor supremo, Amara había dado en el clavo. O más exactamente, de tanto escarbar en la inmovilidad, se había topado con la raíz del asunto.

La historia de su encierro está contada en su libro La escuela del aburrimiento, que escribió después de convertirse en uno de los fundadores de la Internacional Bostezante. Alguien que renuncia al barullo y al movimiento no puede sino sentirse asaltado por cierta pesadumbre botánica: “No moverse, estar en un confinamiento estanco, sin alternativas. Llorar en un cuarto oscuro porque intuimos que se parece demasiado a nuestro féretro”.

¿Es así como se siente una planta?

En un bosque, un jardín o una maceta, una planta es, en efecto, un individuo que tiene que cubrir todas sus necesidades y resolver sus problemas existenciales sin poder trasladarse de un lugar a otro. No es que no se mueva; se estiran sus raíces, se inclinan sus tallos, se pliegan y repliegan sus hojas, a veces incluso a la velocidad de un gato nervioso. Basta con tener una maceta en casa, y basta también con poseer cierta sensibilidad y empatía por seres de otras especies que no se limiten a la categoría de mascotas lambisconas, para comprobar que una planta emite señales a cada momento. Y la cuestión no es a qué velocidad lo hace: la cuestión es a qué velocidad nos movemos los humanos para que seamos incapaces de apreciar sus vaivenes, sus oscilaciones, su, en suma, eterna cadencia.

 

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Una planta es una metáfora por excelencia. Su naturaleza sirve para representar las leyes de la vida, una promesa amorosa, una idea que germina, un proyecto que florece, la armonía con el universo, la calma. También, claro está, la amoral salvajería biológica. Hace muchos años, en un viaje por la amazonía peruana, vi cómo una planta se tragaba a otra para ocupar su lugar y apropiarse del alimento que había bajo su suelo. En realidad, no vi cómo se la tragaba en tiempo real, sino cómo se la había tragado ya, en un periodo de tiempo anterior del que yo sólo podía dar testimonio en calidad de notario: el tronco de la invasora estaba hueco, prueba de que allí dentro había habitado su predecesora. De modo que tampoco nos equivoquemos con esto: la supuesta inmovilidad de una planta, su incapacidad para desplazarse de un sitio a otro, no tiene nada que ver con la pasividad. Una cosa es la quietud, otra la inacción.

 

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En la era de las pantallas, las prisas y la sobreinformación, cada vez es más difícil hallar la tranquilidad que exigen las viejas costumbres de la vida normal. A pesar de su título, los siete tomos de En busca del tiempo perdido difícilmente soportarían los hábitos de lectura que hoy predominan incluso entre los que más leen (o que más leyeron, en pasado, quizá el tiempo verbal que mejor describe lo que quiero decir, en tanto supone que una actividad ha llegado indefectiblemente a su término). Lo mismo vale para escuchar según qué discografías, ver según qué películas, jugar qué juegos, participar de qué conversaciones con amigos o disfrutar de la vida en familia; que cada lector escriba aquí lo que le sea más preciado y a estas alturas probablemente lejano. Es la búsqueda de esta normalidad la que me lleva a fantasear con la idea de no levantarme de la cama, de ser durante un tiempo una planta, punto de partida para el ejercicio de una disciplina de la quietud.

Toño Angulo Daneri

Toño Angulo Daneri (Lima, 1970) es periodista, editor y profesor del Máster de Periodismo ABC/Universidad Complutense de Madrid. También es autor de los libros de crónicas Llámalo amor, si quieres y Nada que declarar. Vive en España desde el 2005.

Imagen: Diana Scherer. Nurture Studies. July 14, 2012