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Lleida Bambaataa

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Lleida es una ciudad de 140.000 habitantes arremolinados alrededor de un cerro donde se asienta la Seu Vella, su seña de identidad. Descrita al vuelo, parece una capital de provincia más,  extremadamente calurosa en verano y fría en invierno, con sus avenidas setenteras de ladrillo, su festividad anual (L’Aplec del Caragol), sus gimnasios y centros de estética, su edificio singular de arquitectura contemporánea (La Llotja, diseñada por el estudio holandés Mecanoo), su puente de Javier Manterola que atraviesa un río medianamente caudaloso, su estación del AVE y un aeropuerto infrautilizado (Alguaire). Más allá observamos extensos campos de cultivo y granjas de cerdos. Se trata de una ciudad eminentemente agrícola que con el tiempo pasó a ser un foco comercial y de servicios para las poblaciones de alrededor.

Cuando hablamos de ella con Genís Segarra (Lleida, 1972), mencionó el pragmatismo de la gente de campo, ésa que vive al día y no tiene demasiada consideración por lo viejo. Al ampliar la casa de verano de la familia, su padre, sin ir más lejos, no se anduvo con rodeos. “Sobre una base de ladrillo oscuro, pared rugosa y ventanas de madera de las de toda la vida, él construyó otro piso en plan chalet, con cemento liso y carpintería de plástico ¡y encima rosa! Cuando le pregunté por qué era rosa, me miró extrañado, como diciendo: es obvio que no la iba a pintar de blanco o gris.”

Jordi Antas (Lleida, 1976), que también nació y creció allí, nos recuera su adolescencia. “En Mollerussa está el Big Ben; en Fraga, el Florida 135, y en Alcarrás, la Wonder, así que quien no era de fumar porros se pillaba el coche, hacía botellón en alguna caseta de los alrededores y, una vez borracho, a la disco. En esto no había término medio.” Tras mudarse a Barcelona y vivir en el extranjero, Antas acabó regresando para formar una familia y activar DAFO, un proyecto artístico y pedagógico que fundó con la intención de ampliar y abrir el circuito expositivo y favorecer nuevos intercambios en la ciudad. Con el apoyo de La Panera, principal catalizador de la escena local, DAFO ha programado a gente muy interesante como Martin Llavaneras o Estanis Comella.

Con todo, el aspecto que más nos apetecía destacar tiene mucho que ver con lo que describe Francesc Serés (Saidí, 1972) en La piel de la frontera. Nos referimos a toda esa oleada migratoria que desde los noventa empezó a transformar la geografía social y sentimental de este lugar. Un personaje surgido de este fenómeno y que brilla con luz propia es Alfred (Mali,1989). Para nosotros, este digno candidato a ocupar un espacio en The Sartorialist o en las calles de esa idea que nos hacemos de Brooklyn es como un meteorito estético en un contexto de colores y prendas uniformes. Quedamos con él en una terraza de la avenida Balmes en la que apareció con su bicicleta dorada y una sonrisa deslumbrante.

Alfred, ¿qué te trajo hasta aquí?

Llegué en el 2009 porque mis tíos tenían un bar. Antes había ido a Francia y a Huelva. Estudié carpintería en un centro de acogida, pero con la crisis no pude hacer las prácticas en ningún sitio y tuve que buscarme la vida. Además de camarero, he sido jornalero en la temporada de la fruta, peluquero, top manta y hasta boxeador.

¿Has sentido algún tipo de rechazo o discriminación?

Los de aquí a veces confunden la ropa africana con un disfraz, pero en general no son racistas. Pensad que yo tengo amigos negros que ya han nacido aquí o que vinieron cuando eran muy pequeños. Algunos son raperos, futbolistas y actores que han salido en La Riera (teleserie catalana). Esa generación se defiende mucho. Tienen su orgullo y ayudan a los que llegamos después. En tema mujeres, es verdad que hay menos mezcla. Lo normal es que los senegaleses, por ejemplo, se líen con las polacas y rumanas que vienen a trabajar en los grandes almacenes. Yo sólo he tenido problemas para entrar en algunas discotecas. Por eso comencé a ir al gimnasio, como una manera de protegerme, de hacerme fuerte. En una pelea me rompieron este diente (nos lo enseña).

Háblanos de tu estilo. ¿Cómo empezó todo?

Creo que si vistes bien la gente te respeta más, y a mí me gusta ir con colores, ponerme cosas llamativas… Practico el “swag”, que es una actualización del hip hop de antes, con gorras y dobladillos en el tejano. Cuando salimos por la noche, mi amigo y yo hacemos competiciones para ver quién viste mejor. Antes, podemos estar una hora preparándonos. Además no repito prenda casi nunca. Me gusta cambiar. El secreto no es que la ropa sea cara, sino que combine bien. También me fijo en lo que lleva la gente famosa e intento copiar su vestuario. Busco las mismas prendas, o que se les parezcan, por el internet. En Aliexpress, por ejemplo, hay muchas marcas. Casi todo lo compro online.

¿Y cómo sabes si esa talla te quedará bien?

(Se señala el ojo) Aquí la gente se prueba las cosas. Yo nunca lo hago, ni cuando veo algo por ahí. Con los pantalones, doblo la cintura y me la pongo alrededor del cuello. Si las puntas se tocan es que me irá bien.

Has mencionado a los famosos. ¿Cuáles son tus referentes?

Me encanta fijarme en la ropa de los cantantes americanos como Kanye West, Wiz Khalifa y Chris Brown, pero también me influyen las películas y jugadores de fútbol como Cristiano Ronaldo o Dani Alves. Soy un fanático del Barça y del dorado.

Y los de aquí, ¿cómo visten?

Buaaa (Risas). Mango, Desigual…, es ropa muy fea y antigua. Parece de segunda mano.

Quizás podrías abrir tu propia tienda.

Me encantaría, pero aquí es difícil. Hace poco me paró una mujer por la calle y me pasó su tarjeta y me dijo que la fuera a ver porque le gustó mi chaqueta. Quería saber de dónde la había sacado. Aunque no soy muy de desvelar mis trucos os diré que a veces me pinto las zapatillas con palillos o pego cosas (tachuelas) en la gorra. Hace poco encontré un cinturón de mujer de Chanel en el Humana, lo desmonté y me hice un collar. La gente flipó, no sabían de dónde lo había sacado… Muchas cosas no las cuelgo en Facebook, porque si no, las copian (Risas).

¿Y qué nos dices de tu casa? ¿La cuidas tanto como tu aspecto?

En mi opinión, si limpias bien tu casa, ya está decorada.

¿Has regresado alguna vez a tu país?

No, me encantaría porque tengo ocho hermanos allí, pero la situación es un poco complicada. Hablo mucho con ellos. Para los africanos la familia es muy importante. Mis hermanos pequeños me piden teléfonos y cosas súper modernas que no conozco ni yo. Es increíble lo que está cambiado Mali desde que llegó el internet.

¿Y te ves como parte de Lleida o sigues sintiéndote de fuera?

A mí me gusta esta ciudad, me ha tratado bien y estoy a gusto. Al mismo tiempo no me siento de aquí, pero es que tampoco me siento de Mali. Mis referentes no son de un lugar, sino globales. ¡Es internet! Por otro lado, creo que mis amigos y la gente como yo damos una nueva energía a esta ciudad. Somos quienes mejor se visten, así que por qué no vivir aquí… El futuro de Lleida es ser mulata.

 

Selección de fotos del álbum personal de Alfred.